En la plaza de Peine, un pequeño pueblo del Desierto de Atacama, el ambiente es apacible al mediodía. Solo el ruido de camiones interrumpe la tranquilidad. Sin embargo, al final del día, la población de 300 habitantes puede cuadruplicarse con la llegada de trabajadores del litio, haciendo evidente el impacto del auge de este mineral en la región.
Ubicado junto al Salar de Atacama, que cubre aproximadamente 3.000 kilómetros cuadrados, Peine se encuentra sobre una de las mayores reservas de litio del mundo. Este mineral, esencial para baterías de vehículos eléctricos y almacenamiento de energía renovable, ha impulsado la transición energética global. Con alrededor de 8,3 millones de toneladas de litio, el salar actualmente satisface el 30% de la demanda mundial, y Chile busca aumentar aún más su producción.
El crecimiento de la industria minera ha transformado el ecosistema del desierto y la vida de las 18 comunidades indígenas cercanas, incluyendo los Lickanantay. Máquinas pesadas y tuberías dominan el paisaje mientras extraen salmuera subterránea para obtener litio mediante evaporación solar. El cloruro de litio resultante es trasladado a Antofagasta para su refinamiento y posterior exportación a destinos internacionales como China, Corea, Japón y EE. UU.
La llegada de la minería también ha traído cambios sociales. Según Sergio Cubillos, presidente comunitario de Peine, el incremento de vehículos y trabajadores ha alterado la tranquilidad del pueblo. La inseguridad y el consumo de drogas y alcohol preocupan a los vecinos, quienes han colocado banderas negras como señal de protesta.
El problema más grave es la escasez de agua. Según Christian Herrera, experto en hidrogeología, la minería consume cantidades similares a los caudales del río Loa, la principal fuente de agua de la región. Estudios recientes indican que el suelo del salar se hunde hasta dos centímetros por año, mientras los niveles de agua subterránea disminuyen. En Peine, el agua se corta por las noches para recargar los depósitos. Cubillos reconoce la importancia del litio para la descarbonización, pero advierte sobre la necesidad de mayor regulación para evitar que la comunidad se quede sin recursos hídricos.
Un equilibrio en riesgo
Los Lickanantay han habitado el árido desierto durante milenios, sobreviviendo como cazadores, pastores y agricultores. Su cosmovisión considera a la tierra como “Patta Hoiri” y al agua como “Puri”. La llegada de la minería de cobre en el siglo XX impulsó la economía local, pero el actual auge del litio ha superado todos los niveles de extracción anteriores.
El Estado chileno, a través de Corfo, controla los derechos mineros del Salar de Atacama y ha otorgado concesiones a empresas como Albemarle y SQM, esta última en alianza con Codelco. Esta asociación público-privada prevé operar en el salar hasta 2060, con el objetivo de incrementar la producción de litio en un 70% para 2030, recuperando el liderazgo mundial en el mercado.
Mientras algunos reconocen el desarrollo económico, Cubillos señala el abandono estatal en la protección ambiental. La extracción de salmuera, aunque más barata que el método de roca dura utilizado en Australia, genera pérdida de agua por evaporación, alterando el equilibrio ecológico. Según Mauricio Lorca, investigador de la Universidad de Talca, el desierto se está secando.
Resistencia y defensa ambiental
Hace 30 años, las comunidades Lickanantay fundaron el Consejo de Pueblos Atacameños (CPA) para representar sus intereses frente a las mineras. Aunque algunos acuerdos permiten beneficios económicos, otros residentes prefieren mantener su estilo de vida tradicional. Para fortalecer su posición, el CPA ha formado una unidad ambiental, capacitado técnicos y elaborado estudios sobre la situación hídrica del salar.
Sin embargo, persisten las tensiones. Aunque el CPA firmó un acuerdo con Albemarle, asegurando un 3,5% de las ventas anuales para las comunidades, otros como Alexis Romero, exlíder del consejo, prefieren priorizar la protección ambiental. Para ellos, la extracción desmedida pone en riesgo no solo el agua, sino también la identidad cultural de los Lickanantay.
Defendiendo el territorio
La lucha por la preservación del salar también ha unido a activistas y científicos. Sonia Ramos, sanadora Lickanantay, lideró una histórica caminata de 1.500 kilómetros en 2009 para oponerse a proyectos mineros. Su resistencia inspiró a investigadores como Cristina Dorador, bióloga de la Universidad de Antofagasta, quien ha documentado el impacto del litio en la biodiversidad, incluida la reducción de las poblaciones de flamencos.
A pesar de los esfuerzos, la Estrategia Nacional del Litio avanza. SQM y Codelco han prometido métodos de extracción más sostenibles y mayor diálogo con las comunidades. Sin embargo, la incertidumbre persiste sobre los impactos ambientales a largo plazo.
Un futuro incierto
En el pasado, los Lickanantay recolectaban huevos de flamenco y usaban sus plumas en ceremonias tradicionales. Hoy, la falta de agua ha afectado estos ecosistemas, dejando el salar seco y desprovisto de aves. La pérdida de biodiversidad refleja los desafíos de equilibrar el desarrollo económico con la protección ambiental.
Ante esta situación, la comunidad de Peine interpuso una demanda en 2022 contra Minera Escondida, Albemarle y Minera Zaldívar por el daño ambiental causado. En diciembre de 2024, el Primer Tribunal Ambiental de Antofagasta aprobó un acuerdo para reparar los ecosistemas afectados. Sin embargo, Cubillos advierte: “No puede ser que el mundo se beneficie de estos recursos y nosotros paguemos el costo”.
La lucha de los Lickanantay por proteger el Salar de Atacama continúa. Para ellos, el verdadero desafío es garantizar que las futuras generaciones puedan habitar su territorio sin que la sed de litio agote los recursos esenciales de su cultura milenaria.
Fuente: https://elpais.com/america-futura/2025-03-26/mucho-litio-y-poca-agua-el-dilema-de-atacama-ante-el-auge-del-oro-blanco.html
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